Hiader Jaime López Parra. Mg.
Desde épocas primitivas, la filosofía, la religión, las artes, la medicina, la biología, entre otras, han abordado el tema del dolor y el sufrimiento. “A pesar de los adelantos de la civilización que hacen más llevadera la existencia, el dolor está presente en nuestras vidas. Ahora, como hace dos mil años, tienen vigencia las palabras del apóstol Pablo cuando dice que combate y dolor es la vida del ser humano sobre la Tierra”. (Kutscherauer, J. L., 2008:5). Según la evolución de los parámetros culturales, ha ido mutando el valor y la significación de los mismos. De acuerdo con la evolución de la cultura se ha ido modificando la valoración y significación del dolor; las representaciones que los evocan van a depender de las vivencias intra e intersubjetivas en que se desarrolla, por lo tanto, es vital trabajar sobre el modo como se inscribió el dolor y sufrimiento en la evolución de un individuo y cómo se resignificó a partir de las experiencias emocionales vividas en los momentos críticos. Hablamos, así, de una subjetividad del dolor y el sufrimiento. Es por eso que un dolor que tenga un mismo origen es diferente para cada individuo, así como también es diferente para un mismo sujeto en distintos momentos de su ciclo evolutivo. D’Alvia (2001)
Afirma Loeser (2000), que durante el período clásico del catolicismo, mejor conocido como oscurantismo, se le atribuía el dolor y el sufrimiento a pecados cometidos en el pasado o transgresiones a la moral reinante. Existía la creencia de que la persona nacía mala y que a través del dolor y el sufrimiento se hacía digno de la salvación.
De la misma manera, asegura Loeser que en el renacimiento, cambió el pensamiento acerca de la naturaleza del ser humano, el cual se asumía implícitamente como bueno, pero la sociedad podría pervertirlo. Para este momento, el dolor y el sufrimiento, no se estimaron pertinentes para modificar el comportamiento.
Con el advenimiento de la Era Industrial, el desarrollo de la biomedicina prometía la eliminación de la enfermedad y el dolor, y con ello, la sensación de querer hacer desaparecer el sufrimiento. Algo similar ha sucedido en el marco del siglo XX, y su conocido optimismo en relación con la abolición del dolor gracias a los esfuerzos científicos, pensando el dolor como un fenómeno puramente neurofisiológico que podría corregirse con fármacos o procedimientos quirúrgicos. Loeser (2000).
Desde la perspectiva sociocultural, asegura D’Alvia (2001), el dolor y el sufrimiento ha ido cobrando valores diferentes a través de la historia. En la Edad Media, ocupaba el lugar de castigo redentor-liberador, necesario para la salvación del alma. Con el paso del tiempo, y los progresos de la ciencia y la práctica médica revalorizan las actitudes frente al dolor y el sufrimiento. En este contexto, se evidencia una permanente lucha contra los efectos del dolor y sufrimiento, intentando calmarlo y disminuirlo al nivel más bajo posible.
Las diferentes tradiciones occidentales religiosas, filosóficas y espirituales, en especial la católica, han enaltecido el dolor con el ánimo de hacerlo más llevadero y aparentemente dignificante, y de la misma manera, ciertas tradiciones orientales han establecido que el dolor es una ilusión, un espejismo de la mente. Pero asegura Kutscherauer, J. L. (2008), que ni el enaltecimiento del dolor ni su negación lo han vencido; el dolor se mantiene presente en el mundo.
Es importante, la referencia a Cassell (1992) sobre el sufrimiento, quien da continuidad a los trabajos de Chapman & Gavrin (1993), y los de Loeser & Melzack (1999), todos ellos han realizado aportes decisivos para las modernas teorías de la emoción en el campo de la psicología y del lado de la antropología médica de la mano de Laín Entralgo (1984).
Es pertinente volver a señalar que dolor y sufrimiento no son términos sinónimos a pesar de que, como señalan Loeser & Melzack (1999), en nuestras medicalizadas sociedades, en muchas ocasiones suelen utilizarse como tales. No todas las personas que padecen dolor sufren, ni todas las que sufren padecen dolor (Bayés, 2001). Las personas que padecen dolor, asegura Cassell,- declaran con frecuencia que sufren únicamente cuando su origen es desconocido, cuando creen que no puede ser aliviado, cuando su significado es funesto, cuando lo perciben como una amenaza. En otras palabras, cuando temen su prolongación o intensificación en el futuro sin posibilidad de control.
Los conceptos de dolor y sufrimiento están “frecuentemente mezclados y algunas veces confusos” Caseell (1992). Sin embargo, ambos términos representan diferentes fenómenos: El Sufrimiento es, “un estado complejo que tiene muchas más dimensiones que el dolor. No todas las causas del dolor son el sufrimiento, y no todo sufrimiento es expresado en dolor” Bayés (1995: 149). Lo tradicional en nuestra cultura occidental es el abordaje médico del control del dolor, mientras que, el manejo y control del sufrimiento, “permanece en el mundo de las motivaciones, expectativas, creencias y valoraciones del enfermo.” Bayés (2001), aspectos que generalmente el médico no alcanza a abordar, posiblemente por la diversidad en las aproximaciones explicativas al mismo, las cuales dependen básicamente de los presupuestos ideológicos dominantes en cada época.
Al respecto, Max Weber (1963), pensaba que la idea de Dios ejercía una presión enorme sobre la evolución de las teorías que podrían explicar la injusta distribución del sufrimiento en el mundo. Así, “el cristianismo plantea el sufrimiento a partir de dos concepciones: afirma que el sufrimiento es justo por ser obra de Dios y que es un mérito que será recompensado en el más allá”, afirma Escalante (2000:230).
Gómez S, M. (1998), declara que:
En estos días se está desarrollando en catorce hospitales españoles una campaña llamada “Hacia un Hospital sin Dolor”, con el objetivo de mentalizar a profesionales y ciudadanos de que, con la ayuda de todos y con medidas concretas y sencillas, el problema del dolor puede mejorar bastante. Los datos provisionales de varios de estos hospitales españoles en los que ya se ha hecho una encuesta de prevalencia de dolor, señalan que más de la mitad de los enfermos ingresados tienen dolor. Entre otros muchos datos, parece ser que aproximadamente el 20% de los pacientes que tienen dolor, no solicitan, a pesar de ello, la administración de un analgésico. Para explicar este dato, se puede pensar en sentimientos fatalistas y algún tipo de miedo, pero, sobre todo, alguna creencia de tipo mágico-místico-religioso relativa al dolor y al sufrimiento derivada de una cultura judeocristiana mal entendida.
Como consecuencia de una educación religiosa anómala, algunas personas pueden llegar a creer que, de alguna manera y como buen cristiano, está obligado a sufrir como sufrió Jesucristo. Es inimaginable la cantidad de dolor evitable que se ha sufrido a lo largo de la historia por culpa de estas ideas. Yo no sé si en algún momento alguien deberá responsabilizarse del escándalo de tanto dolor gratuito.
Hubo —y por desgracia sigue habiendo— una religiosidad o una espiritualidad del sacrificio, de la mortificación, de la penitencia, de la negatividad de la vida. Se justificaba inclusive, porque era consolar y acompañar a Jesús sufriente —y a la Virgen traspasada—en sus dolores por la salvación de la humanidad (p. 145).
Este pensamiento no ha permanecido predominante a lo largo de la historia. “A mediados del siglo XVIII, surge una crisis en la cultura occidental del sufrimiento, una transformación de lo religioso tanto en el plano de las instituciones, es decir, las iglesias, como en el doctrinal”, asegura Escalante (2000). Lo más representativo es que se deja de confiar, como sugiere Espíndola Mata, citado por Escalante (2000), “en la totalidad trascendente con la cual asociar la experiencia del sufrimiento”. Por eso vivimos el sufrimiento, como decía Nietzche, “entre quejidos y lamentaciones, con miedo y una religiosidad decadente” Van Hooft (1998). El decaimiento del cristianismo ocasiona por un lado que las iglesias releguen lo sagrado a un segundo plano, a la vez que aumenta su preocupación por los problemas de orden terrenal; de ahí que, por un lado, adopten como suya la exigencia de aliviar el sufrimiento, y por el otro lado, y en sentido opuesto, se promueva un nuevo aprecio por la vida, que rechaza la idea misma del pecado original (como metáfora explicativa del sufrimiento terreno), y que deposita sus esperanzas en la posibilidad de una felicidad terrenal, sin sufrimientos.
En adelante, se suceden nuevos intentos por generar mecanismos culturales capaces de resaltar la significación sacrificial del sufrimiento. “Occidente vive en un mesianismo fatigado y sin fundamento, pero sin alternativa. Necesita creer que el sufrimiento es un castigo o un mérito: un sacrificio; pero se sabe que es una creencia inútil, infundada”, asegura Escalante (2000:175).
Kutscherauer, J. L. (2008), al referirse al sufrimiento declara que:
Es inherente a nuestra vida, tal cual la experimentamos. Se mantiene presente en nosotros aún en los momentos en que nos sentimos bien y felices, porque sabemos que nuestras alegrías son pasajeras y que, por más larga y saludable que llegue a ser nuestra vida, indefectiblemente vamos a morir. Además, el sufrimiento se mantiene presente en nuestro alrededor y nos hiere; dondequiera que miremos encontramos incomprensión, carencias, enfermedad, miseria y aflicciones de todo tipo. Dado que nuestra tendencia natural es evadir las penas que posiblemente o con toda seguridad tendremos que sufrir, revertir esa tendencia y enfrentar el dolor inevitable, nos mueve a renunciar a la ilusión de que cegarnos a los dolores de la vida nos exime o eximirá de sufrirlos.
Cuando sufrimos una pena reaccionamos según nuestra actitud ante el sufrimiento. Podemos quejarnos con amargura, o sentir que la vida nos castiga con una pena injusta, o acusar a alguien de ser la causa de nuestro sufrimiento, o soportar sumisamente las penas. O bien podemos valorizar la experiencia de la aflicción, porque elegimos sufrirla para realizar un objetivo noble. Esta última actitud ante el sufrimiento es la que actualmente se entiende como sacrificio. Para llegar a este significado, la idea de sacrificio sufrió una larga evolución (p. 3).
Filosóficamente, Nietzsche hace un gran aporte desde su concepción del sufrimiento, para éste, “el sufrimiento tendría, por lo menos, el sentido fundamental de ser parte necesaria, ineludible, de la existencia del hombre superior, que es superior en tanto se impone y llega a dominar a los demás a través de la destrucción y la crueldad”, Van Hooft (1998). Es justamente en el contexto de la valoración positiva del sufrimiento, de la crueldad, que Nietzsche considera al sufrimiento como un aspecto central de la “afirmación de la vida”. De hecho, las ideas contrarias, en favor de la compasión y de la eliminación del sufrimiento son calificadas por él como la “negación efectiva, real, de la vida”, afirma Van Hooft (1998).
La medicina, como prototipo del arte de curar, y ciencia de la salud por excelencia, ha abordado el problema del sufrimiento y el alivio del mismo a partir de la utilización de métodos de precisión, y estrategias para el hallazgo empírico del dolor físico, fusionando dolor con sufrimiento. Sin embargo, éste es sólo un sector, puesto que, “el terreno del sufrimiento humano es mucho más vasto, mucho más variado y pluridimensional. El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones”, Van Hooft (1998).
El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma. Una cierta idea de este problema nos viene de la distinción entre sufrimiento físico y sufrimiento moral. Esta distinción toma como fundamento la doble dimensión del ser humano, e indica el elemento corporal y espiritual como el inmediato o directo sujeto del sufrimiento. Aunque se puedan usar como sinónimos, hasta un cierto punto, las palabras sufrimiento y dolor, “el sufrimiento físico se da cuando de cualquier manera duele el cuerpo, mientras que el sufrimiento moral es dolor del alma. Se trata, en efecto, del dolor de tipo espiritual, y no sólo de la dimensión psíquica del dolor que acompaña tanto el sufrimiento moral como el físico”, afirma Van Hooft (1998).
Hasta el momento, posiblemente hayan sido Chapman & Gavrin (1993), los autores que han efectuado un análisis más depurado de este concepto. En efecto, éstos definen el sufrimiento como “un complejo estado afectivo, cognitivo y negativo, caracterizado por la sensación que experimenta la persona de encontrarse amenazada en su integridad, por su sentimiento de impotencia para hacer frente a esta amenaza y por el agotamiento de los recursos personales y psicosociales que le permitirían afrontarla”. La percepción de amenaza y el sentimiento de impotencia son subjetivos. El sufrimiento, por tanto, también lo será.
Cassell (1992), ha definido el sufrimiento como “el estado de malestar inducido por la amenaza de la pérdida de integridad (intactness) o desintegración de la persona, con independencia de su causa”.
El dolor y sufrimiento, tan íntimamente vinculados tocan una dimensión poco abordada en la extensa literatura sobre el tema, esta es la espiritualidad, entendida más allá de la religiosidad.
Gómez S, M. (1998), afirma que:
…efectivamente, el dolor y el sufrimiento son muchas veces inevitables. Son consustanciales con la existencia humana. El dolor —en opinión de C. Cantú—, “posee un poder reformador; nos hace más buenos, más compasivos, nos centra en nosotros mismos, nos persuade de que la vida no es una distracción sino un deber” (43). Quizás por eso el escritor Cesare Pavese llamó a su diario “El oficio de vivir” o el “oficio de ser hombres”, como llama a la vida el libro bíblico del Eclesiastés. Los hombres causamos buena parte del sufrimiento de la tierra. Pero hay otro sufrimiento que es inherente a la limitación humana y, por tanto, inevitable. No es Dios el responsable del sufrimiento, sino la libertad del hombre. Cuando Dios hace libre al hombre, introduce la incertidumbre en el mundo. Ya nada es previsible ni planeable (p.148).
Rivera & Montero-López (2008) aseguran que “la vida espiritual de las personas es algo que con frecuencia encontramos en la práctica clínica, y distintos autores se han dado a la tarea de explorar sus implicaciones teóricas y prácticas. Lo espiritual parece ser una realidad psicológica difícil de desdeñar pero, ¿cómo entender el lugar que ocupa lo espiritual en psicología?”.
Helminiak (2001), declara que:
Desde el punto de vista de una psicología de lo espiritual, lo espiritual mismo es la asunción de que, dentro de la mente humana, hay una dimensión auto-trascendente que puede ser llamada con precisión espíritu. Más allá de Dios, de una Última Conciencia, o cualquier otro principio metafísico, el mundo del espíritu humano es la base primordial para hablar de espiritualidad (p.166).
Alma y espíritu han sido tratados como sinónimos, pero existe una diferencia que bien podríamos presentar a partir de los aportes de Rivera & Montero-López (2008), quienes en su estudio sobre lo espiritual en psicología, realizan un recorrido breve por algunos aspecto bíblicos católicos que arrojan luces sobre las semejanzas y diferencias de estos dos conceptos. El Antiguo Testamento, contiene una expresión hebrea que ayuda a precisar esta claridad, nephesh, traducida como alma, la cual afirma los autores, no alude sólo a una parte de la persona, sino a su totalidad, de tal suerte que el ser humano, no tiene un Nephesh, es un Nephesh. Al respecto, Beck, J.R. (2003), citado por Rivera & Montero-López (2008), ha desarrollado un amplio análisis acerca de la concepción de alma, como Nephesh, ha tenido en las Escrituras. Así para Beck, el Nephesh, tiene varios significados que se pueden sintetizar de la siguiente manera: 1. Como aliento de vida, es el elemento interno de vida que anima; 2. Puede ser vinculado con el corazón, y de allí, una cercanía con conceptos psicológicos, puesto que, se concibe como asiento de la actividad mental; y 3. Se puede relacionar con el plano existencial, de la persona misma, el alma es el individuo mismo, el nephesh es el self o la persona misma, asegura Rivera & Montero-López (2008).
De esta forma, se puede comprender que la referencia a un nephesh como la persona misma, permite la declaración de Rivera & Montero-López, (2008) de que:
Nephesh es al mismo tiempo el asiento de lo espiritual como de las necesidades físicas y anhelos, incluyendo la necesidad de la presencia de Dios. (Salmo, 42:1, 84:2, 119:20). Es el estado de conciencia; en sentido general es el asiento de las emociones y las experiencias… Está asociado con la moral y la acción espiritual… El Nephesh abarca un amplio rango de necesidades humanas, deseos y sentimientos, incluyendo el pensamiento, la memoria y la conciencia… En el Nuevo Testamento, la palabra griega empleada para el nephesh es psuche o psyche (p. 3).
Kutscherauer, J. L. (2008), declara:
Lo cierto es que, para expandir nuestra conciencia, necesitamos incorporar a nuestra noción de existir todos los aspectos que percibimos en la realidad, incluso aquellos que no podemos evitar sufrir, y aprovechar todas las circunstancias, especialmente las aflictivas, para comprendernos y ayudar a desarrollar una visión cada vez más amplia de la vida y del mundo (p.4).
Sobre este punto es importante señalar que a la luz de lo planteado hasta acá, y ajustados a lo referido claramente en los estudios de Rivera & Montero-López (2008), el alma es el reservorio de la actividad mental, y esta actividad no es más que un complejo conjunto de procesos; de tal suerte que, visto de esta manera, lo que llamamos vida espiritual, es realmente un proceso mediatizada por el cerebro humano. Es un proceso superior de integración psicológica, neurológicamente soportado y culturalmente definido, a partir de una conceptualización social e individual de lo divino, Rivera & Montero-López, (2008). Por lo pronto, más que hablar de espíritu, y sus reiteradas conceptualizaciones sobrenaturales, sería prudente, hacer referencia a lo espiritual o, a la espiritualidad, estrictamente. Así, lo espiritual podría ser visto como una función psíquica superior, no algo se circunscriba a lo específicamente religioso, y demandaría una actitud científica, que abordara este proceso con la intención propia de la ciencia, probablemente, una ciencia social por excelencia; una ciencia que estudie “el arte de vivir en relación” Waxemberg, J. (2007), al respecto, afirma que trabajar sobre las relaciones es la manera de responder al desafío que implica nuestra ignorancia respecto de qué somos, de dónde venimos, a dónde vamos. Trabajar sobre las relaciones nos conectan con todos los aspectos de la realidad.
Waxerberg, J. (2007), declara que:
Es así como la vida espiritual se asienta fundamentalmente sobre el amor y éste depende del carácter y nivel de las relaciones. Las relaciones son la trama de la vida; desenvolverlas en forma consciente y metódica es aprender a amar a través de una labor que incluye todos los aspectos de la vida y que transforma el vivir en un arte. Vida espiritual y arte de vivir son, entonces, dos maneras de referirse a lo mismo (p. 9).
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2 comentarios:
Hola Hiader que especial este espacio, me gusta y te felicito por lo que haces, creo que es una forma de compartir y dar a conocer al Mundo!
Que la DM te oriente SIEMPRE ... recibe un Abrazo de todo corazón.
Hiader, excelente el articulo y excelente la presentacion del blog.
Adelante...
Un abrazo,
Ligia Ch.
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